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#004artedecandelero

JOSÉ ÁNGEL NAVA

Hay artes que nacen para permanecer y otras que existen solo para transformarse y desaparecer. El vestir de las imágenes religiosas pertenece a este segundo linaje: es un arte verdadero, pleno de técnica, estética y espiritualidad, y precisamente por su carácter efímero alcanza su máxima intensidad. En España, este arte ha alcanzado una edad de oro contemporánea, donde tradición, creatividad y devoción se encuentran en perfecta armonía. Vestir una imagen no es cubrir un cuerpo: es revelar un misterio y completar una obra de arte. Las imágenes de candelero nacen incompletas por voluntad del imaginero. Francisco Pacheco, en su Arte de la pintura (1649), lo definía con claridad: «la imagen sagrada no solo ha de ser bien hecha, sino bien entendida». Este entendimiento se concreta en su vestimenta: ahí reside la otra mitad de la obra, el 50 % que transforma la escultura en presencia viva, el espacio vacío en expresión conmovedora.

El fundamento técnico del vestir de imágenes puede explicarse mediante el moulage, método de la alta costura que consiste en modelar la tela directamente sobre un cuerpo. En palabras de Madeleine Vionnet: «el tejido debe obedecer al cuerpo, no al revés». En el vestir sacro, el cuerpo de la imagen es ese maniquí, y el vestidor es escultor del tejido, arquitecto del pliegue, creador del volumen y la armonía. Este no es un trabajo artesanal menor: es creación artística plena. Los pliegues, ondas, terciopelos, encajes y bordados son cuidadosamente calculados para transmitir movimiento, emoción y carácter. El vestidor trabaja en diálogo con la escultura, con la tradición y con el sentido espiritual de la imagen. Aquí se manifiesta el arte verdadero: no solo lo que se ve, sino lo que se siente.

Decir que una imagen de candelero está realizada al 50 % por el escultor y al 50 % por el vestidor no es exageración: es la esencia de su concepción artística. El imaginero da forma, gesto y expresión; el vestidor otorga dignidad, volumen, jerarquía y vida. Una imagen mal vestida pierde fuerza; una bien vestida alcanza la plenitud de su mensaje espiritual y estético. Andalucía ha sido, históricamente, la cuna de esta expresión artística. Sevilla, Cádiz y Málaga consolidaron desde el Barroco una sensibilidad donde la belleza debía conmover, emocionar y provocar devoción. Esta corriente estética ha dado referentes contemporáneos como Manuel Solano, Rafael de Rueda, José Antonio Grande de León o Eduardo Ceballos, quienes han elevado el vestir a un arte consciente, coherente y profundo. Hoy, esta escuela se ha extendido a toda España, consolidando la idea de que vestir es arte verdadero y universal.

Vestir una imagen es también preservar patrimonio. Bordados históricos, encajes europeos, sedas italianas y joyas devocionales constituyen un legado que requiere conocimiento, técnica y respeto. Aproximadamente el 50 % del valor artístico de una imagen reside en su vestimenta. Por ello, el arte de vestir exige profesionales formados, capaces de combinar sensibilidad estética, conocimiento histórico y destreza técnica.

El arte verdadero se mide por su capacidad de conmover y trascender. Cada pliegue, cada onda, cada bordado debe expresar una intención: solemnidad, dulzura, majestuosidad. La vestimenta es lenguaje visual, oración tangible y manifestación de la devoción popular.

La influencia de la moda cortesana de los Austrias es evidente en la vestimenta mariana. Las estructuras rígidas, mangas voluminosas y tejidos lujosos de las reinas del siglo XVI y XVII inspiraron la representación de María como reina. Las joyas —coronas, ráfagas, broches— son símbolos de poder celestial y de historia colectiva. Vestir bien una imagen no es solo estética: es arte, tradición y narración histórica. Vestir una imagen es una auténtica performance. Arte, liturgia y emoción se fusionan: el vestidor dialoga con el espacio, con el tiempo y con la comunidad. Cada gesto, cada pliegue, cada ajuste es una decisión artística y espiritual. Es un arte que no se conserva intacto: vive en la mirada del fiel y en la memoria de la comunidad.

Hoy más que nunca, el vestir de imágenes reclama su lugar como arte verdadero, con técnica, estética, historia y espiritualidad. No es un oficio menor ni un complemento: es creación artística plena, un lenguaje visual y emocional que transforma la escultura en presencia viva. Porque mientras haya manos que plieguen telas con respeto y mirada devota, el arte del vestir seguirá siendo una de las formas más altas de expresión humana y espiritual.

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