#002arteglobalista
JOSÉ ÁNGEL NAVA
Desde las pinturas rupestres de Altamira hasta las manifestaciones artísticas contemporáneas, el arte ha sido la experiencia estética que conecta al ser humano con la belleza y el pensamiento crítico. Aristóteles definía el arte como conocimiento que imita la realidad (mímesis), educando mente y espíritu. Kant subrayaba que la experiencia estética surge de la armonía entre razón y sentimiento, y Ortega y Gasset advertía que la modernidad podía deshumanizar el arte si se apartaba de su función educativa, reduciéndolo a mero entretenimiento sin contenido. El arte ha sido históricamente un medio para reflexionar, cuestionar y conectar con lo más profundo del ser humano. Desde la música clásica hasta la pintura renacentista, pasando por la literatura y la escultura, la estética ha enseñado a equilibrar intelecto y emoción, formando ciudadanos capaces de juicio crítico y sensibilidad moral.
Hoy, la armonía estética está rota. La deconstrucción cultural contemporánea no nace de la libertad creativa, sino de un plan de manipulación ideológica: un arte reducido a producto, diseñado para adormecer la mente crítica y moldear ciudadanos dóciles. Adorno señalaba que la industria cultural convierte la creatividad en entretenimiento pasivo, mientras Scruton advertía que la eliminación de la belleza empobrece el espíritu y debilita la capacidad de apreciar lo profundo. Se ha sustituido la excelencia estética por la provocación vacía, la reflexión por el sensacionalismo, y el criterio por la obediencia simbólica. La sociedad es bombardeada con mensajes estandarizados que generan consenso superficial en lugar de pensamiento autónomo.
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El ejemplo más evidente de esta deriva es el plátano de Maurizio Cattelan, aplaudido por el mercado y las élites culturales. Más que provocación, es un insulto a la inteligencia, evidenciando que la legitimación depende de quién la otorga y no de la obra misma. Una obra que no exige reflexión, que no desafía ni instruye, pero que es celebrada por instituciones globales, muestra el camino hacia un arte vacío y funcional. Nietzsche advertía que una cultura sin arte auténtico renuncia a la vida en su sentido más alto; hoy, el plátano simboliza esa renuncia: un arte que no eleva, no forma, y no confronta al espectador.
En la actualidad, el arte funciona como herramienta de poderes supranacionales y corporativos. Museos, bienales y fundaciones internacionales actúan como filtros ideológicos, imponiendo una visión única y homogeneizando la cultura bajo agendas globalistas. Marcuse explicaba que la cultura puede dominar al neutralizar la crítica y canalizar la disidencia hacia formas inofensivas. El mercado del arte y sus instituciones internacionales dictan qué se premia y qué se margina, premiando la adhesión a narrativas dominantes más que la calidad, la creatividad o la profundidad. La diversidad cultural queda supeditada a intereses estratégicos y económicos, y la expresión auténtica de comunidades o tradiciones locales se pierde en la uniformidad global.
El arte auténtico requiere libertad. Sin ella, deja de ser arte y se convierte en propaganda. La instrumentalización cultural transforma al individuo en sujeto funcional, pasivo y gobernable. El arte deja de confrontar la verdad y pasa a servir al conformismo global y a la ingeniería simbólica de masas. La manipulación estética no solo afecta la cultura: altera la percepción del mundo, moldeando la conciencia colectiva según agendas externas.
Recuperar el arte como experiencia estética y humana es recuperar la libertad frente a la dictadura de la banalidad y el control global. Solo un arte libre puede formar, cuestionar y elevar al ser humano, cumpliendo su función esencial en la civilización: enseñar, conmover y transformar. La batalla por el arte auténtico no es solo cultural, sino un acto de defensa de la inteligencia, la sensibilidad y la libertad de pensamiento frente a un mundo que pretende sustituir juicio por obediencia.



